El árbol echó a andar como un viejo elefante en busca de la montaña perdida. Sus pasos eran cansados, pero firmes. Las ramas caídas le servían de bastón y sus hojas secas volaban al viento y subían en cuarto creciente para iluminar el cielo de la noche.

Al cabo de las horas se deshizo en polvo y su polvo se hizo tierra y su tierra, montaña: montaña perdida.

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