Ya ves, hoy he ido más allá del corte de pelo: me he cambiado de casa y he decidido pintar las paredes de rosa.

Tengo que confesar que lo de la mudanza es una tradición familiar. De pequeña, cuando aún vivía con mi madre y mi hermano, solíamos comprar el diario, buscábamos la sección de pisos de alquiler y seleccionábamos unos cuantos. Después de descartar la mayoría por falta de luz, por caros, o por intuición, llamábamos por teléfono para concertar una cita. El día en cuestión esperábamos al representante de la inmobiliaria en el portal y cuando llegaba, subíamos al piso con la esperanza de quien va a encontrar su rincón. Intentando disimular, me apresuraba a escoger habitación antes que los demás. Quería una con vistas. Es cierto que habría disfrutado con montañas o playas, pero lo que de veras deseaba era un edificio de apartamentos lleno de ventanas. Sabía que cada día, a la hora del atardecer, cuando el sol se escondiera y los vecinos encendieran las luces, alguno me invitaría a entrar en su casa, y me regalaría un rato de su vida.

Hoy repito aquella historia.

«Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.»
Bestiario, Casa Tomada, Julio Cortázar 

He ido de sitio en sitio, he llamado y preguntado, y, sobre todo, he buscado mi ventana con vistas. Una amiga me ha echado una mano con pintura y cables, luego me ha ayudado a escoger muebles y cuadros. Ahora que la casa ya empieza a parecer mi casa, he traído maletas, libros y bártulos, he hecho la compra, y aquí estaba, distraída, desempaquetando cosas, con el café junto al ordenador, cuando has llegado tú.

Pasa, que te muestro el piso.

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