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Cleopatra

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Abrir la puerta de casa y encontrarla allí era inevitable. Cierto que eso no es extraño tratándose de un gato. “Querría comida”, diréis.
Seguir pasillo abajo y notar sus pasos tras los míos era siempre lo que seguía; y, luego, encender la luz del baño y verla allí, bajo el lavabo, esperando que me lavara las manos, que por fin llegara a algún lugar a sentarme para ponerse a mi lado y estar. Sentarme yo y venir ella sigilosa, acostarse y ronronear solo de saberse acompañada. Quizás, al rato, extender todo su cuerpo sobre uno de mis zapatos. “Buscaría calor”, diréis.
Llegar él, a quien nunca habían gustado los gatos, y salir ella a recibirlo, era también todo uno. Levantaba las orejas con el sonido del portal cinco pisos más abajo, se acercaba a la puerta y empezaba el zigzagueo por la casa, siguiendo sin seguir sus pasos que se dirigían al banco donde se sentaba a comer. Entonces, ella se incorporaba a medias y él le facilitaba el salto imposible; se acomodaba a su lado delicada y silenciosa, hasta que decidía que era hora de ponerle una pata encima y decirle: “Estoy contigo”.
Era Cleopatra. Pero no la reina, sino la otra.
Cleopatra, la reina, se daba baños en leche de burra y bebía perlas. Cleopatra, nuestra gata, había llegado a saltar de contenta viendo a mi hija dentro de la bañera llena de agua y burbujas, para salir luego corriendo empapada y con un disgusto pasajero, y bebía agua, solo agua, excepto los días que le daba por tomar caldo. Cleopatra, la egipcia, tenía una estrecha relación con las serpientes. Cleopatra, la de Barcelona, amaba a los vencejos de mi ventana y me los regalaba de vez en cuando vivos, con el corazón en el pico. Cleopatra, la otra, hablaba egipcio, griego, hebreo, sirio, latín y arameo. Nuestra Cleopatra no hablaba idiomas innecesarios. Cleopatra, la otra, murió envenenada y orgullosa. Nuestra Cleopatra murió el 5 de enero con una mano en la barriga, otra en la cabeza, y tres bocas en su lomo. Nuestras lágrimas no obraron el milagro de las lágrimas de un Fénix. O quizás sí. Porque aquí está, en cada esquina de la casa, y en cada curva de nuestros corazones.

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