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Celosías virtuales

Tamarit de Llitera

Cuando me mudé a esta nueva casa, toda pintada de rosa, me prometí que la mantendría al día. Sí, como cuando después de limpiar todo un fin de semana te juras que irás recogiendo día a día para nunca más llegar a tener la casa desordenada y sucia como te la encontraste antes de empezar.

Promesas vanas… Está todo manga por hombro. Y así, ¿cómo os voy a invitar a pasar un rato, a tomar el té, a charlar?

Todo son excusas: que este verano ha sido de locos, que he ido arriba y abajo, que hay mucho trabajo. ¡Mentiras! Digamos que sí, que ha sido de loca, que he ido a algunos lugares por trabajo y a otros por costumbre y ganas (que a mí la costumbre me gana, como el roce). Pero de ahí a este dejarse estar, hay un paso.

No quisiera que nuestros encuentros, esporádicos como son, se transformaran en una confesión, que para eso hay otros lugares (¿o es que ahora es éste el adecuado y a mí me despista el cambio de celosía a pantalla?), así que os cuento que sigo leyendo a Nils Holgersson, que sigue viajando a lomos de un ganso blanco por toda Suecia, y que, aprovechando mi lectura, me fui a Malmö a finales de junio, a charlar con personas queridas y a dejar que mi niñez me entrara por los oídos.

Y, así, con mi niñez a cuestas volví a Barcelona para cumplir mis cuarenta y seis, recibir visitas y salir a trabajar.

Tengo que confesar (ya te digo, la pantalla tiene eso) que juego a que los trabajos de verano son mis días de vacaciones, de aventuras. Y la primera aventura me llevó a Alcalá la Real, a Etnosur. Maravilloso festival donde la narración adquiere, indiscutiblemente, la dimensión que merece, de arte para todos, cuidado, mimado y respetado. Tuve el placer de compartir cartelera con Ana Griott, Csenge Zalka y Eugenia Manzanera (con su hermosa, delicada, poética sesión Historias con Candela), y de disfrutar de espectáculos como Capas de la compañía de circo “eia”, o Heian de la compañía Zen del Sur, o de la música de Jorge Pardo. Pero sobre todo, de la compañía de mi inseparable compañera de viaje, Elena Pérez, y de los anfitriones extraordinarios, Pepe e Inés!

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En otra de esas aventuras veraniegas, nos fuimos mi chico y yo a La Franja. Tocaba contar en Albelda y en Alcampell, e hicimos noche en la Hostería Casa Galindo de Tamarit de Llitera. Como siempre que hacemos este tipo de excursiones juntos, nos tomamos el tiempo de conocer la zona y charlar con la gente (es todo uno). Así que paseamos por las casas-cueva, parte de ellas abandonadas, y escuchamos el chapurreat. La noche de Alcampell fue memorable. En estas ocasiones una se pregunta qué hace que unas pocas sesiones sean inolvidables, qué ingredientes las hacen tan sabrosas. El imprescindible, sin duda, es el público, y que la narradora esté dispuesta a que le den la vuelta a su historia, que se deje hacer. La plaza estaba llena de personas procedentes de una residencia, había poca gente de mediana edad, y un gran grupo de niños. La sesión se había anunciado para adultos. ¿Qué sucedió? No lo sé. Un niño habló de sus sueños, de arañas y ascensores. Una anciana contó el cuento de aquella mujer que llegó a un pueblo de pescadores por la noche, cuando las cañas de pescar estaban alineadas en la costa y los farolillos encendidos; a la mañana siguiente volvió al mar, y buscó, y buscó, y no encontró aquel otro pueblo de luces que ella había visto el día antes. Y hablamos, y hablamos, hasta que la plaza se fue quedando desierta. Caminamos hacia un bar para cenar algo antes de irnos, y en los bares de alrededor, algunas personas del público seguían charlando. Me lo merecía: dos huevos fritos, una chistorra y patatas fritas.

¡Aún estoy a principios de agosto en esta narración! (Lo digo por si ya os habéis cansado de leer.)

Després de la Festa Major del poble, va arribar la Festa Major del barri. Em van convidar a explicar contes al carrer Luis Antúnez. He d’aclarir que, normalment, detesto explicar contes segons en quines condicions: soroll, activitats simultànies, molt de moviment. M’atabala! Per tant, no anava gaire engrescada. Tanmateix, la gent del carrer em va fer recordar de quan les Festes de Gràcia eren les Festes de Gràcia; els veïns baixaven al carrer amb les cadires, la carmanyola, els nens, els familiars i els amics, venia la banda i algú s’inventava jocs. En aquest ambient ens hi vam trobar jo i les meves històries, i va tornar a passar: les històries de sempre van sonar com mai.

Som només a mitjans d’agost! (D’acord, em saltaré uns dies per no fer-me pesada.)

Caps de ruc

Recuperada del choque verano – otoño, me puse manos a la obra para preparar sesiones prometidas. Como algunas de ellas formaban parte de proyectos compartidos, no tenía ni idea del tiempo que llevaría su preparación ni cuáles serían los resultados. La primera fue con Merche 8A y mOn Mas: Les cuineres de Babel, una sesión a tres voces y a tres lenguas (castellano, catalán e inglés). Hacía tiempo que no lloraba de risa. Tanto la preparación como el resultado estuvieron a la altura de la compañía: fantásticos. El segundo proyecto era con Ignasi Potrony: Caps de ruc i cors de roc. Convertimos la sesión en un rato de complicidad entre cuentos y cantos, con un público entregado en un lugar precioso, el centro cívico Torrellobeta. Espero repetir porque me gusta que las reglas del juego vayan cambiando.

Otras de las sesiones que marcaron este inicio de temporada, fueron las de bebés en Granollers. Tenía que repetir la sesión D’aquí a la lluna, y como quizás os habréis dado cuenta a estas alturas, estoy obsesionada con esta pregunta: “¿qué cambia de una sesión a otra cuando en teoría son idénticas?” El público está compuesto por personas diferentes, y la narradora, siendo igual, ya no es la misma, como el río. Las historias cambian y la sesión también. Dicho esto, ¿qué elementos de la sesión funcionan?, ¿a qué te agarras para no perderte en el camino? ¿Cómo consigues que la dinámica del grupo sea adecuada, que el ritmo de la sesión no decaiga, que todo el mundo esté involucrado? ¿Cómo prestas atención a todos los ingredientes que has intentado amalgamar: cuentos, canciones, poesía…? ¿Cómo utilizas el vestuario, la utillería, la voz para que estén de acuerdo, acompañen y sean aquello que estás diciendo? ¿Estás haciendo arte? ¿No te lo has dejado en el ascensor, en el supermercado o en el asador? ¿Será ésa la clave, el ser o no ser? ¿O será la pregunta?

Y así llegamos al mes de octubre, como si nada, entre preguntas, juegos y celosías.

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