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Al son de las vías

Villanueva de la SerenaMe gusta viajar en tren. porque va de un lugar a otro en un tiempo que permite contar postes de electricidad, contemplar el paisaje, y saludar a las personas que miran pasar el tren como vacas que levantan la cabeza al son de las vías.

Así viajé a Madrid. El viernes solo estaba de paso, así que abandoné la estación de Atocha apenas para comer, pensando ya en la sesión de la noche. Como siempre, con vértigo, pero con la conciencia clara de que unas buenas lentejas me mantendrían los pies en la tierra de una forma placentera, aún teniendo en cuenta los efectos secundarios.

En otro tren, me encontré con Victoria Gullón de camino a Ávila. Entablamos una conversación agradable interrumpida solamente por alguien demasiado atento a nuestras palabras que además ¡participaba!: “Así que os pagan por eso que hacéis… ¡Menudo chollo!”, “Eso lo sé hacer yo y se me da genial; ¿dónde decís que hay que apuntarse?”. Silencio.

En Ávila nos esperaba Patriciabajolalluvia (la Picazo), pariendo y criando a la vez su II Ciclo Internacional de Narración Oral para Adultos Cuentacuarenta. Nos llevó al hotel, dejamos las maletas, visitamos su casa en las alturas, nos encontramos con Elena Pérez, fuimos a buscar a Juan, volvimos a Las Leyendas, cenamos y nos cambiamos, o nos cambiamos y cenamos. Empezó la primera función. Tengo que decir que el tren y las lentejas fueron un buen comienzo, augurio de lo que sería el resto del viaje y las sesiones. El trío de mujeres, la acogida, la cena, el público, las risas, todo cuajó. El resto fue coser y cantar… bueno, menos coser que cantar. Juntas nos marcamos una “Violetera” durante la Ronda del sábado, y los vecinos de hotel se ducharon cada día con hilo musical. La noche compartida con Elena en el colegio de Arquitectos fue una maravilla. Sí, queda poco creativo describirla con adjetivos tan pobres y grandilocuentes, pero fue exactamente eso: COMPARTIDA y MARAVILLOSA. Los desayunos no fueron menos, nos mostramos fotos, tomamos café y zumo, tostadas y tortilla, charlamos y charlamos. Y el domingo en el Delicatessen, toda la sesión transcurrió a una misma hora, con el perpetuo reloj marcando las seis menos cuarto a nuestras espaldas. También fue ésa nuestra hora de partir.

Viajamos Elena y yo a Villanueva de la Serena hablando sin parar hasta la madrugada. Al día siguiente, desde una estación de tren vacía partía sola rumbo a Montijo. Los paisajes extremeños se mostraban como otras veces, amplios y profundos, coloridos, quietos, como la gente. Tendría que nombrar a cada una de las personas que participaron de mis días en esta ciudad, y aún me dejaría alguna, porque tengo mala memoria para los nombres, que no para las caras o las sensaciones. Desde los preparativos antes de llegar, hasta el momento de abrir ya en Barcelona los regalos que me habían entregado, fue todo emoción y calidez. Por no hablar del flechazo con el público, y la sensación de haber podido dialogar en todo momento. La comida fue parte de la celebración, como debe ser. La última noche: bacalao dorado* para acabar contenta por dentro y por fuera (¿o es por dentro y por dentro?). ¡Qué bien se duerme así!

Bacalao dorado (receta portuguesa)

Ingredientes para 2 personas:
150 grs. de bacalao
3 huevos
100 grs. de patatas “paja”
1 diente de ajo
1 cebolla bien hermosa
3 cucharadas de aceite de oliva
perejil
Preparación:
Desalamos el bacalao. Si utilizas migas de bacalao sólo hace falta que las tengas en agua durante unas 6 horas, cambiándoles el agua varias veces, ya que, al ser piezas más pequeñas, se desalan más fácilmente.
Le quitamos piel y espinas y picamos en trocitos pequeños.
Si queremos preparar nosotros las patatas “paja”, las rallamos con el rallador grueso y las freímos en abundante aceite hasta que estén muy doradas y crujientes. Escurrir sobre un papel absorbente.
Ponemos el aceite en la sartén. Picamos la cebolla en tiras finísimas y el ajo, y lo sofreímos durante 10 minutos a fuego muy suave, para que se poche bien y quede muy transparente.
Incorporamos el bacalao cortadoto y salteamos con la cebolla durante unos minutos, hasta que vemos que la carne del bacalao se blanquea.
Mientras, batimos los huevos como para una tortilla
Cuando está listo el bacalao, añadimos las patatas y mezclamos con el sofrito durante 1 minuto y echamos por encima los huevos batidos, moviendo con una espátula hasta que está cuajado el huevo.
Ojo con la sal. No hace falta ponerle, ya que el bacalao tiene mucha, y las patatas, si son de bolsa (que también se puede escoger esta opción), también llevan.
Listo. Al plato con un poco de perejil picado

Esto es lo que encontré en internet, porque lo que comí es inexplicable.

El día después, miércoles, me recogió Lucía para ir a desayunar a la Nava de Santiago con los compañeros del Ayuntamiento, y después ¡a la escuela! También allí decoración y bienvenida cálida, y charla con cada uno de los alumnos y los profesores. Después de dos sesiones plácidas, y ya sin tiempo para comer, recorrimos brevemente el pueblo, me entregaron recuerdos entrañables, y casi volando pero en coche, nos fuimos hacia Mérida, a por otro tren.

Ingenua de mí, pensaba que habría restaurante o máquinas… Llegué a Madrid a las siete de la tarde masticando caramelos. En casa de mi hermano, mi cuñada y mi sobrino me esperaban con una tarta de chocolate y un café de emergencia. Luego, a descansar una noche y media mañana en la intimidad. Se me hizo corto, claro, porque cuando quise acordar ya tenía que irme a Alcalá de Henares y prepararme para la sesión de La Corrala.

Pero antes, comida con la familia Légolas, ya véis. Ahora de la mano experta de César, y en muy buena y jovencísima compañía. Llegó la hora de La Corrala, bello local y cuidada programación de cuentos, nervios… Alegría por estar nuevamente contando en Alcalá. Después, una buena tortilla de patatas, croquetas y una tarta, todo casero y delicioso, para celebrar el encuentro y el final del viaje. Horas más tarde, churros para desayunar. Estación, tren, tren, casa, casa, casa.

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